Yo, la siempre disponible

Yo, la siempre disponible

Mujeres que siempre esperan
8 min de lectura
Dependencia emocional
Rayén Milán

Hay mujeres que no esperan amor: esperan migajas con la esperanza de que un día sepan a elección.

Yo siempre estoy disponible. Incluso cuando le digo que no, en el fondo sé que, con un poco de insistencia, termino cediendo. Entonces lo dejo venir. Me hago la loca diciendo que tengo un rato para conversar, aunque sé perfectamente que no viene buscando una conversación. Se ríe, se acomoda y entra con esa seguridad de quien todavía cree tener permiso para acceder a un lugar que debería estar cerrado bajo siete llaves.

A veces tengo ganas de verlo. Otras, estoy enrabiada de tanta indiferencia. Me cansa ser complaciente. Me decepciona no sentirme capaz de mandarlo a la chingada con todo y el pack de cervezas que trae cada vez que quiere hacer la previa. No es tierno, ni atento, ni cuidadoso. Solo aparece con excusas bien ensayadas para justificar su ausencia, su frialdad y esa manera tan cómoda de tenerme con un mínimo esfuerzo.

Cuando le reclamo, no me escucha. Es como hablarle a una puerta cerrada. Con el tiempo me he acostumbrado a insistir menos, a bajar la voz, a tragarme las preguntas y a fingir que no me duele lo que claramente me está rompiendo por dentro. Y, aun así, lo sigo recibiendo.

Llevo dos años acostándome con él. Dos años en los que ha estado conmigo y con otras, sin el menor ánimo de mirarme como una opción para quedarse. Dice que no se siente preparado, que tiene miedo, que no quiere hacerme daño. Antes, cuando usaba la excusa de que yo era mucha mujer para él, me la creía. Se me inflaba el pecho cada vez que me endiosaba. Confundía su discurso con admiración, cuando en realidad era una forma elegante de dejarme tranquila para que no pidiera más de lo que él estaba dispuesto a dar.

Después entendí que solo disfrazaba su indiferencia con cursilerías que me endulzaban el oído. Y como aparecía de vez en cuando, me agarraba de eso para alimentar mi fantasía.

Para una mujer enamorada, sentirse deseada por el hombre que tanto ha esperado puede convertirse en la gasolina necesaria para soportar un viaje largo.

Porque, aunque era evidente que no quería quererme, siempre volvía a mi cuerpo. Eso mismo sentía cada vez que me buscaba: una noche de intimidad era el combustible que me permitía seguir esperando. Cada aparición suya parecía suficiente para resistir tanta ambigüedad.

Sin embargo, sé que pago un costo demasiado alto por esos encuentros. Aun así, no me sale un no por la boca cuando se acerca, me mira distinto o simplemente me escribe una frase coqueta por WhatsApp. Ahí se me cae toda la dignidad que intento reconstruir durante el tiempo en que me pone en pausa. Por eso, cada vez que vuelve a buscarme, regreso al mismo punto de partida.

Reconozco que con él me siento frágil de mente, débil de carácter y deseosa de ser elegida. La peor mezcla entre seres humanos: un hombre no disponible emocionalmente y una mujer hambrienta de un amor de pareja. Eso mismo éramos nosotros.

Él llegaba, me tenía, se vestía y se iba rápido. Si tenía suerte, me escribía algo corto al día siguiente. Lo normal eran tres o cuatro días de indiferencia, hasta que volvía a calentarse y empezaba otra vez la misma historia: el mismo mensaje, la misma visita, la misma ilusión de algo que nunca comenzaba. Un ciclo que giraba siempre sobre el mismo eje.

Pero no puedo mantener un no. No sé cómo impedir que mi límite se convierta en un sí apenas aparece con un pastel del negocio de la esquina, una sonrisa conveniente o un detalle insignificante que mis carencias convierten en esperanza.

Quisiera ser más fuerte. Quisiera dejar de negociar mi dignidad por unas horas de cama en un motel de bajo presupuesto o, peor aún, quisiera tener los ovarios para no permitirle la entrada a mi casa cuando dice que no le pagaron.

Pero no puedo hacerlo. Y esa negligencia conmigo misma me está doliendo mucho más que su indiferencia.

· · ·

No lloras al hombre que fue. Lloras al que imaginaste.

Duelar una relación sin nombre puede doler igual o incluso más que la ruptura de un compromiso formal, porque no estás sufriendo solo por lo que realmente perdiste, sino por la historia que construiste y deseaste con todo tu corazón que se volviera realidad.

Te ilusionaste con una versión idealizada. Proyectaste en alguien que veías ocasionalmente todas tus carencias afectivas y diseñaste un guion en tu cabeza donde él era la persona perfecta para compensar cada uno de tus vacíos. No lloras al hombre que fue. Lloras al hombre que imaginaste.

Pero la realidad es distinta: no te enamoraste, te enganchaste al refuerzo intermitente. A sus apariciones y desapariciones. A sus demostraciones afectivas seguidas de indiferencia. Tu cerebro se aferró a la incertidumbre, a esas muestras insignificantes de interés que sobrevalorabas para no aceptar lo evidente.

Esa ansiedad que sientes esperando su mensaje nace de la activación constante de un sistema de apego que nunca encuentra una respuesta clara. Es tu mente intentando resolver una incoherencia, buscando señales donde no hay compromiso, tratando de convertir la ambigüedad en una promesa bien intencionada.

Cuando un hombre no concreta planes a futuro, no se interesa de verdad por lo que te pasa y evita ponerle nombre a la relación, no necesitas más evidencias para aceptar que no desea comprometerse contigo.

Y créeme, entiendo que duela leer estas palabras. Pero si analizamos los hechos con frialdad, su comportamiento contigo es la expresión más honesta de sus intenciones. No necesitas interpretar nada. Los hechos ya hablan.

El problema mayor no es solo que no te quiera de manera sana. El problema es que, a pesar de cómo te sientes a su lado, insistes en quedarte en un lugar donde los hechos te demuestran que no eres prioridad.

Cada día que permaneces esperando que la realidad cambie mágicamente, te estás diciendo a ti misma que mereces vivir en la incertidumbre. Y la única salida para dejar de sentirte tan pequeña es romper la fantasía que construiste esperando que algún día las cosas sean diferentes.

Porque cuando no hay certeza, no es posible construir. Y los grises en el amor pueden ser tan destructivos como el rechazo y la indiferencia.

· · ·

Tienes derecho a sentirte mal, incluso si ambos acordaron que no habría una relación de compromiso y que solo se trataría de pasarlo bien.

Nada se mantiene estático ni permanente. Los sentimientos pueden cambiar con el paso del tiempo y, por lo mismo, no tiene sentido que te culpes por algo que no siempre puedes controlar. Reconocer que tus expectativas actuales son distintas es una forma respetuosa de validar lo que te está pasando.

Puedes cambiar de opinión o perspectiva cuando lo consideres necesario para tu bienestar. Estar en una relación casual no implica firmar un pagaré en blanco para que cualquier persona lo llene con condiciones que tienes que aceptar por obligación. Tú no eres una cosa ni un instrumento de intercambio disponible para la satisfacción temporal de otro. Por lo tanto, si comienzas a sentirte utilizada, confundida o afectada, tienes todo el derecho de decir basta.

Porque una relación casual no significa que sea una relación de nada. Aunque no tuviera título, se convirtió en algo significativo para ti, entonces no puedes ignorar que la forma en que esa persona te trata y la manera en que se proyecta o no contigo tienen un impacto real en tu tranquilidad, en tu autoestima y en tu vida.

Una cosa es aceptar una relación casual cuando solo esperas diversión, y otra muy distinta es seguir en ella esperando amor.

Aquí hay algunas medidas concretas para superar a un "casi algo":

01

Reconoce lo que te pasa y acepta, aunque duela, que el otro no siente lo mismo que tú.

02

No te castigues por haberte ilusionado. Algo cambió dentro de ti y, desde ese momento, ya no puedes seguir relacionándote bajo las mismas condiciones.

03

Si sabes que a la otra parte no le pasa lo mismo, te toca retirarte. No pongas excusas: "no puedo dejarlo", "tal vez cambie", "prefiero tener algo antes que nada". En algún momento hay que tomarse un shot de realidad y pasar el trago amargo de la indiferencia para comenzar a sanar.

04

Inicia el contacto cero. No como castigo ni estrategia de manipulación, sino como medida de autocuidado. Para ordenar tu mente, regular tu ansiedad y recuperar coherencia con el tipo de relación que realmente quieres tener.

05

Evita las recaídas. Cada mensaje que mandas, cada stalkeo a sus redes, cada foto o conversación que revisas en WhatsApp tiene un costo altísimo para tu recuperación.

06

Resiste la abstinencia. Probablemente sientas un impulso muy fuerte de escribirle o buscar cualquier señal que confirme que todavía existe algo entre ustedes. Eso pasa. No significa que estés retrocediendo. Muchas veces es efecto del refuerzo intermitente que provocan este tipo de relaciones, donde esa imprevisibilidad suele ser muy adictiva.

07

Si te cuesta iniciar el contacto cero, deja por escrito todo lo negativo que esta relación ha provocado en ti: ansiedad, angustia, tristeza, inseguridad, pérdida de autoestima, sensación de espera, rabia o confusión. Luego establece una fecha clara de inicio. No lo dejes para "cuando te sientas lista", porque muchas veces una nunca se siente completamente lista para soltar.

08

Una vez que decides el contacto cero total, borra fotos, chats, audios, capturas. Deshazde de regalos o cualquier elemento que te haga recordarlo.

09

Sal de la pregunta ¿por qué no me eligió? y reemplázala por: ¿qué necesitaba yo cuando acepté quedarme en una relación casual que no me estaba dando lo mínimo para sentirme merecedora? Esa pregunta puede doler, pero también puede ayudarte a comprender desde qué lugar te relacionas y qué herida pudo haberse activado en ti.

10

No tienes que cerrar el ciclo con una última conversación ni fingir indiferencia para demostrar que eres fuerte.

A veces, cuando no queremos soltar, preferimos autoconvencernos de que estamos bien así, que unos ratos ocasionales con esa persona son suficientes y que podemos adaptarnos a seguir bajo las mismas condiciones, incluso cuando nuestros sentimientos ya son diferentes.

Pero eso no es cierto. Te toca ser honesta contigo y asumir que no lo estás pasando bien compartiendo ocasionalmente con alguien cuando lo que realmente deseas es una relación formal.

Cuando te involucras de verdad, los acuerdos del principio pierden validez. Si tus sentimientos cambian, el estatus de amigo casual cambia y pasa a ser alguien significativo para ti. Por eso, dejar de tener contacto se vive como una pérdida importante: un duelo real por el que necesitas transitar para poder seguir adelante con tu vida.

Desde ese lugar, la entretención y el placer se convierten en dolor, sufrimiento y una sensación honda de insuficiencia. Y tú no mereces sentirte así por no haber decidido, de manera responsable y amorosa, proteger tu corazón, tu dignidad y tu tranquilidad.

Al final de este artículo
Preguntas que quizás deberías hacerte
¿Cuándo fue la última vez que te preguntaste qué quieres tú, en lugar de preguntarte qué va a hacer él?
Si él nunca cambiara, si esto fuera exactamente lo que hay para siempre, ¿seguirías eligiéndolo igual?
¿Qué crees, en el fondo, que dice de ti el hecho de seguir disponible para alguien que no está disponible para ti?
¿Qué tan diferente sería tu vida si la energía que le das a él te la dieras a ti misma?
¿Tienes miedo de decirle que no porque puedes perderlo, o porque tienes miedo de lo que encontrarías si finalmente te quedas sola contigo?

Si esto te describió

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