Una tarde para leer, escribir y mirar de frente lo que en tu casa, sola, miras a medias.
Mis libros los leíste sola. De noche, casi siempre. Subrayando las frases que te describían mientras nadie te veía hacerlo.
Una sala llena de mujeres que llegaron por lo mismo toca algo que la lectura en silencio no alcanza. Te sientas, escribes lo que nunca le mostraste a nadie, levantas la vista y la de al lado escribió casi lo mismo. Ahí entiendes que lo tuyo era de muchas.
Vienes a escribir, con tu propia letra, por qué aprendiste a aceptar menos.
Yo leo, hago las preguntas y cuido el silencio que hace falta para escribir. Lo que pongas en esa hoja, y lo que decidas hacer con eso después, es tuyo.
Una casona, columnas blancas, sillas que se llenan. Leo desde adelante, proyecto las ideas y la sala entera escribe al mismo tiempo. Cabe harta gente y, aun así, cada una se lleva la sensación de que le hablé a ella sola. De estas tardes ya van varias, con la casa llena.











A veces somos pocas, en un living, las sillas pegadas y el café a medio tomar. La distancia justa para mirarse a los ojos. Acá se dice en voz alta lo que en la sala grande se escribe callada, y cabe el silencio largo después de una respuesta. Leo de cerca, casi sin micrófono.




También nos encontramos en librerías. Una mesa, una fila, tu ejemplar abierto en la primera página para que lo firme. Me cuentas en una frase lo que el libro te movió, nos sacamos la foto, y eso queda. Hay mujeres que viajaron de otra ciudad por esos diez minutos. También son un encuentro.








Hasta ahora, en Chile. La idea es llevarlos a las ciudades donde la comunidad ya existe: Santiago, Buenos Aires, Montevideo, Madrid. Si quieres que el próximo sea cerca tuyo, dime desde dónde me lees. Así sé adónde llegar primero.
Déjame tus datos y te escribo cuando haya fecha y ciudad.
Listo.
Cuando haya fecha y ciudad, te escribo a tu correo.
Guarda mi nombre para que llegue bien.