Siempre fui una mujer adicta al drama.
No lo sabía en ese entonces, porque me sentía una víctima de las circunstancias y vivía instalada en la pasividad. Creía que todo lo que me ocurría era responsabilidad de otros y que yo solo debía "aguantar" o "sobrevivir".
Por eso culpaba a los demás de mis sufrimientos, decepciones y desgracias, sin considerar que, en realidad, cada una de mis decisiones me había llevado a distintos lugares de inconformidad e insatisfacción. Y es cierto que me tocó pasarla bastante mal desde pequeña. La vida se encargó de ponerme delante obstáculos y problemas que no eran comunes en mi entorno.
Todo aquello terminó erosionando mi autoestima hasta volverla casi inexistente. No creía que fuera capaz de hacer nada importante. Tenía tanto miedo al rechazo que me esforzaba al límite por complacer y agradar. No me gustaba lo que veía en el espejo, ni de niña, ni de adolescente y mucho menos en mi etapa adulta, porque siempre sentí que, de poder hacerlo, cambiaría todo de mí. Habitar un cuerpo y una mente en desventaja me parecía tan pesado que, en vez de fortalecer mis partes más débiles, elegí refugiarme en mis desgracias.
Sin darme cuenta, fui acumulando "ganancias" que no lo eran en realidad, pero que para mí significaban un poco de lo que nunca recibí: atención, escucha e incluso lástima disfrazada de afecto. Era un sistema perverso en el que yo también participaba: mientras no me moviera del lugar de víctima, siempre habría alguien dispuesto a "rescatarme" o "acompañarme" sin que yo tuviera que reflexionar ni hacer cambios reales.
Era tan pequeña y débil en todos los sentidos que no me sentía capaz de asumir responsabilidades. Así, no atreverme a nada se volvió mi forma de protegerme de un fracaso futuro que yo misma daba por seguro. Cuando tienes la creencia de que algo no saldrá bien, difícilmente apuestas por ello; o lo haces con tanto miedo que es casi imposible obtener un resultado favorable.
Ser infeliz era mi normalidad. Ser pasiva frente al mundo, mi zona segura. Echarle la culpa al resto me hacía sentir menos mal conmigo misma. Y, lo más feo de todo, aprendí a manipular personas y situaciones para controlarlas o recibir un poco de atención, lo que me impidió construir relaciones de verdad.
Estaba en una zona conocida que no era de confort, pero a veces lo familiar puede sentirse más seguro que la incertidumbre.
Después de años llenos de escollos y días grises, decidí tomar el control de mi propia vida, con decisiones y acciones responsables y conscientes, incluso en momentos en que no quería estar de mi lado.
Con constancia y disciplina, pude entender que para sanar era necesario renunciar a las pequeñas "recompensas" del rol de víctima, porque el alivio temporal que resultaba de ellas no era proporcional al costo de quedarse estancada por voluntad propia.
Hoy sé que la verdadera atención no se obtiene desde la lástima, sino desde el respeto y la reciprocidad. También sé que asumir responsabilidades cuesta mucho al principio, pero luego libera y construye autoestima real.
Empecé a mirarme con honestidad y a hacer las cosas de manera diferente, aunque fuera con miedo e inseguridad. Descubrí que se puede salir del ciclo cuando una deja de pedir que la rescaten y empieza a rescatarse a sí misma. Y ese fue el giro que transformó mi historia.
El precio del alivio fácil
A veces no es que no queramos cambiar, sino que, sin darnos cuenta, hemos aprendido a sacar "pequeñas ventajas" de quedarnos como estamos. A esto se le conoce como ganancia secundaria: cuando el malestar nos trae, de manera indirecta, algo que necesitamos: atención, compañía, excusas para no asumir responsabilidades o justificación para nuestros miedos.
En el caso de la autoestima, esta ganancia secundaria puede ser muy seductora: mientras sigo sintiéndome "menos", no tengo que arriesgarme, nadie me exige demasiado y siempre hay alguien que me "cuida" o me "rescata". El problema es que esas ventajas son un alivio momentáneo que se paga con un precio altísimo: la propia libertad, la autenticidad y la posibilidad de construir relaciones sanas.
Reconocerlo no es para culparse, sino para entender que salir de ese lugar exige valentía. Solo cuando dejamos de alimentar esas pequeñas ganancias y elegimos enfrentar nuestras debilidades con honestidad, empezamos a construir una autoestima verdadera que no depende de la lástima ni de la aprobación ajena.
¿Hay algo en tu malestar actual que, aunque te pesa, también te da algo que necesitas (atención, excusas, compañía) sin que tengas que hacer ningún cambio real?
¿Qué perderías, concretamente, si dejaras de sentirte víctima de tu historia?
¿Cuántas veces has esperado que alguien te rescate de algo que solo tú puedes resolver?
¿El lugar donde estás hoy es realmente donde te dejaron las circunstancias, o es donde tú decidiste quedarte?
Las alas del desapego: el libro donde empieza la honestidad contigo misma
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