A mí me iba muy mal en el colegio, específicamente en la asignatura de química.
Y cuando digo mal, me quedo corta.
La verdad es que varias veces me saqué la nota mínima. Lo anterior me obligaba a hacer esfuerzos infrahumanos en las pruebas especiales o coeficiente 2, esas que valen dos notas, para poder pasar el ramo. Recuerdo que mi profesor jefe me decía: no sé por qué te va tan mal, si tú eres inteligente.
En el fondo, yo sí sabía por qué mi rendimiento era tan nefasto.
No prestaba atención en clases y, cuando lo hacía, como estaba tan bloqueada, la materia simplemente no me entraba. Tampoco llegaba a mi casa después de cada clase a intentar entender lo visto ese día, y mucho menos pedía ayuda a alguien a quien le fuera mejor para que me explicara los ejercicios.
Simplemente descansaba en la comodidad de decir "esto no me entra", sin hacer el mínimo esfuerzo por adquirir el conocimiento básico para no pasarla tan mal. Ni siquiera mi cuaderno estaba al día con la materia de cada clase.
La verdad es que solo me victimizaba y me limitaba con mis propias creencias. De intentos por mejorar, ni uno solo. Pero eso no lo veía; me quedaba únicamente con la frustración por mis malos resultados.
El ramo de química que nunca dejamos de cursar
Me detuve en este recuerdo para explicar lo siguiente: cuando somos adultas, a veces nos pasa exactamente lo mismo que en la experiencia descrita. Lamentamos situaciones o nos sentimos frustradas por nuestros malos resultados sin reconocer que son una consecuencia directa de aquello que hicimos y, en el caso del relato, de lo que no hicimos.
Dolores que se mantienen en el tiempo porque no nos hacemos cargo de detener ciertas dinámicas que son perjudiciales.
Muchas veces descansamos en la comodidad de la frase "no puedo hacerlo", y lo peor es que detrás de esas palabras ni siquiera hay un intento real. Y cuando los hay, no son acciones que se mantienen en el tiempo con determinación; a veces son solo asomos de cordura y acción que duran un día o se ejecutan de forma intermitente.
Superar a una persona que no quiere estar en tu vida, bajar de peso, dejar una adicción, mejorar tus ingresos o disminuir tus deudas: todo eso es como mi ramo de química. Muchas veces toca hacer algo que no queremos o que nos da pereza. En mi caso, era estudiar con método, disciplina y constancia.
En algunas ocasiones ocurre que no podemos solas, a pesar del intento, y frente a eso, hacer algo también significa buscar ayuda. Cuando una situación específica no resulta como queremos, en vez de victimizarnos o quedarnos en el lamento, lo que corresponde es hacernos cargo y cambiar la estrategia, buscar formas distintas de alcanzar el resultado esperado, y no destinar tiempo y energía al lamento ni al menoscabo de la propia autoestima.
Hoy entiendo que el problema más grande que tenía no era mi supuesta dificultad para aprender el ramo, sino haber descansado en la comodidad de no hacer ningún intento para que las cosas fueran diferentes.
Y eso mismo es lo que, de adultas, más caro se paga. No lo que no supimos, sino lo que sí sabíamos que debíamos hacer y postergamos. Porque cada vez que eliges no intentarlo, no solo pierdes una oportunidad: refuerzas una historia interna que te dice que no puedes, cuando en realidad lo que está pasando es que simplemente no te estás haciendo cargo.
¿Hay algo en tu vida que llevas meses, o años, diciéndote que no puedes, sin haber hecho un intento real y constante?
¿Cuántas veces has confundido "no puedo" con "no quiero esforzarme lo suficiente"?
¿Qué excusa estás usando hoy para no cambiar la estrategia?
Si alguien que te quiere mirara tu situación desde afuera, ¿qué te diría que estás evitando hacer?
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