Cuando un hijo crece con una madre fuerte, valiente y optimista, un poquito de eso se le va quedando (“un poquito mucho”, diría yo). Si, además, la madre le enseña que en la vida habrá circunstancias que no siempre le serán favorables (incluido el desamor que le tocará vivir no solo de parejas, sino de amigos, e incluso de alguno de sus padres), podrá ser capaz de transmitir que ninguna de esas circunstancias es su culpa, sino experiencias que a unos les toca, y a otros no, como la salud, la enfermedad, la riqueza, la pobreza, los despidos, las contrataciones, una caída fuerte o un ascenso repentino.

Creer que existe el amor de pareja hasta la muerte, firmar contratos a fe ciega de esa ilusión, dar por sentado que los padres están en la obligación moral de querer y cuidar para siempre, y tanta otra creencia construida con el fin de percibir el mundo como un lugar seguro, nos ha hecho olvidar la impermanencia de las circunstancias, de lo frágil que es sostener aquello que consideramos “óptimo”. Entregamos, así, el poder a todo lo que está afuera para sentirnos bien, plenos y estables.

No debería haber personas malas. Debería haber oportunidades para todos. Los padres jamás deberían abandonar a los hijos. Nunca deberíamos carecer de amor propio. Así, podríamos seguir citando mil situaciones más por el hecho de no aceptar que, en la vida, simplemente pasan cosas, y otras nunca se dan. Toca soltar, sin odio ni rencor, y no es por el resto, sino por nuestra paz mental, por nuestro crecimiento y desarrollo. Somos capaces de seguir solos, interdependientes, sí, pero no dependiendo como si fuéramos una marioneta del destino.

Para una mujer, es tremendamente duro ser abandonada; si le sumas hijos, lo es más. Pero no es sensato dramatizar; hay que seguir caminando. No hay que ser una víctima del destino ni de ese mal hombre que no quiere ser parte de la crianza. El hijo va a sufrir, ciertamente, como todos lo hemos padecido alguna vez por distintas circunstancias; sin embargo, es parte de la vida revolcarse un par de veces en el fango, porque eso permite ser conscientes de nosotros y de nuestro propio poder para ponerle el pecho a las balas. Nadie se va a morir si un padre no quiere estar. No se termina el mundo porque otro deja de querernos, sino que se abre un mundo nuevo para encontrar a otras personas que sean capaces de apreciarnos, y nosotros dando lo mejor que llevamos dentro para construir nuevas relaciones duraderas y de confianza. Una mujer puede perfectamente tener un hijo muy sano emocionalmente, aun tras el abandono de su progenitor, siempre y cuando ella se fortalezca, mire las cosas con perspectiva y se decida a no ser una víctima de su dolor.

Hablar mal del padre —haciéndolo inconscientemente o pensando que nadie la escucha—; creer que el hijo debe saber la verdad de chiquitito (“Tu padre no te quiere”, “La prefiere a ella”); o incluso, en sentido opuesto, engañar con un falso amor que no existe son cosas que no van a ayudar a llevar el proceso. Esa madre que quiere también cumplir con los dos roles a la perfección, sacrificando todo de sí para eso, tampoco llegará a tener resultados positivos, ya que un hijo necesita a su lado una madre sana, contenta, confiada, entusiasta, real, no un personaje forzado. No va a conseguir otra cosa sino abatirse frente a las circunstancias. No es posible ser padre-madre, pero sí puedes ser la mejor madre que un hijo jamás podría haber encontrado en otra mujer que no hubieses sido tú.

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